Muchos empresarios firmaban contratos con proveedores, clientes o socios y los guardaban en un cajón sin volver a mirarlos. Pero la verdad era que revisar esos contratos cada año podía ahorrarte muchos dolores de cabeza y plata.
Las condiciones del mercado cambiaban todo el tiempo. Los precios subían, aparecían nuevos competidores, cambiaban las leyes. Un contrato que había sido bueno hace dos años podía estar ahora jugándote en contra. Por eso era importante sacarlo del cajón y leerlo con cuidado.
Lo primero que tenían que revisar eran las cláusulas de precios y ajustes. Muchos contratos tenían incrementos automáticos atados al IPC o a otros indicadores. Si no revisabas eso, podían estar pagando más de lo que debías o cobrando menos de lo justo.
También había que mirar los plazos de pago. Si antes le daban 60 días para pagar pero ahora su flujo de caja estaba más apretado, valía la pena renegociar. O al contrario, si estaban cobrando a 90 días pero necesitaban la plata más rápido, ese contrato tenía que cambiar.
Las cláusulas de exclusividad eran otro punto delicado. A veces firmabas exclusividad con un proveedor cuando estaban empezando y no tenían mucho poder de negociación. Pero ya con el negocio más grande, esa cláusula le impedía aprovechar mejores oportunidades con otros proveedores.
Los contratos también tenían fecha de vencimiento, y muchos se renovaban automáticamente si no avisabas con tiempo. Si querían cambiar de proveedor o renegociar condiciones, tenían que estar pendiente de esas fechas. Dejar pasar el plazo significaba quedarte amarrado otro año más.
Las penalidades por incumplimiento también merecían una revisión. Tanto las que le aplicaban a ellos como las que tú puedo aplicar. Muchas veces esas cláusulas eran muy genéricas y no protegían realmente sus intereses.
Y algo que casi nadie hacía: revisar si la otra parte estaba cumpliendo todo lo pactado. A veces le acostumbrabas a que las cosas fuesen de cierta manera y no te dabas cuenta de que el contrato decía otra cosa.

