Uno de los errores más graves que cometen los emprendedores es no saber cuánto les costaba realmente producir lo que vendían. Ponían precios a ojo o copiando a la competencia, y después se preguntaban por qué no les quedaba plata aunque vendieran mucho.
Calcular el costo de producción no es tan complicado como sonaba, pero sí requería sentarse con lápiz y papel a hacer cuentas. Lo primero es entender que había dos tipos de costos: los directos y los indirectos.
Los costos directos son los más fáciles de identificar. Es todo lo que va directamente en el producto: la materia prima, los empaques, las etiquetas. Si haces pan, la harina, la levadura, las bolsas donde lo empacabas. Esos costos se movían según cuánto produces.
Pero después venían los costos indirectos, y ahí era donde muchos se perdían. El arriendo del local, los servicios públicos, el sueldo del que hacía las entregas, el gas, el mantenimiento de las máquinas. Esos costos estaban ahí así no produjeras nada, y tenían que repartirlos entre todos los productos.
La mano de obra también había que contarla bien. No era solo el sueldo del que hacía el producto, también las prestaciones sociales, los aportes a seguridad social, las cesantías. Todo eso era parte del costo de producción.
En mi experiencia, muchos emprendedores se olvidan de incluir su propio trabajo en los costos. «Total, yo soy el dueño, no me pago sueldo» pensaban. Pero esas horas que tú metías también valían plata, y si no las incluías en el costo, estaban trabajando gratis.
Una vez se tienen todos los costos claros, toca sumarlos y dividirlos entre el número de unidades que producías. Ese es su costo unitario. Y a partir de ahí podían fijar un precio de venta que le dejara una ganancia decente.
Lo ideal es que su precio de venta fuera mínimo el doble del costo de producción. Así cubres todos los gastos, dejas utilidad y tienes un colchón para imprevistos. Vender por debajo de eso es trabajar sin ganar nada.
Y algo importante: estos costos hay que revisarlos cada cierto tiempo. Los precios de las materias primas cambiaban, los salarios subían, los arriendos se ajustan. Si no actualizas sus cálculos, puedes estar perdiendo plata sin darte cuenta.

